jueves, 2 de junio de 2016

Memorias de mi niñez. (Capítulo 1 “En la pastoría”).

El cielo gris parcialmente nublado, el frescor del medio ambiente cuando va a empezar a llover; el trajín apresurado para recoger las herramientas de trabajo, el desenganchar  de los animales de trabajo del arado y de la traila y el traslado de los mismos a buen recaudo, todo esto lo observaba yo desde un lugar seguro en aquel cobertizo situado en la parte frontal del cuarto en  el cual más tarde nos dispondríamos a descansar después de una jornada agotadora en las labores del campo, sembrando maíz y frijol en las tierras que pertenecían a mi padre Don Julio Velázquez natural de la hacienda del ojo pero que desde que se había casado con mi madre  Doña  Gabina  Muñoz se habían avecindado en el pueblo llamado Antonio Amaro que era municipio de Guadalupe Victoria, cabecera municipal pertenecientes todos al Estado de Durango, un estado agreste y semidesértico del Noreste del país llamado México o República Mexicana.
Estábamos ya bien metidos en la muy corta temporada de  lluvias, corría la tercera  semana del mes de Junio a finales de 1970 yo tenía seis años de edad ya que había nacido el 08 de Marzo de 1964, la temporada de lluvias comprendía desde finales  del mes de Mayo hasta principios del mes de Septiembre, poca cosa si como sabemos en esta región  de los llanos del Estado de Durango la flora existente se ve dominada por Huizaches, Nopales, Magueyes y uno que otro Mezquite; por supuesto que hay otro tipo de  árboles  como  Álamos, Nogales, Duraznos, Morales y Perales pero estos son los menos y solo nacen y  se  desarrollan en lugares húmedos o que son regados a menudo.
Por el color que había tomado el cielo y por cómo se sentía el ambiente íbamos a tener una tarde noche con buena lluvia, quizá hasta amaneciera aun lloviendo, esta  lluvia le  vendría  bien  a las incipientes plantas de frijol y maíz  que  apenas  despuntaban  luchando contra  la tierra formada por los zurcos por salir a la superficie y gozar de esta benéfica lluvia.
Pronto oscureció y se hizo de noche, en esta temporada de siembra  éramos  puros hombres los que estábamos temporalmente en el campamento que nos servía de  casa de manera temporal , aproximadamente tres meses los cuales comprendían desde preparar la tierra y  posteriormente sembrar las semillas, después de esto vienen un trabajo que se llama Asegundar los zurcos una vez que ya nacieron las plantas y tienen un tamaño mínimo requerido  posteriormente  viene otro trabajo que se llama Escardar los zurcos, estos dos trabajos posteriores  a  la  siembra son muy importantes ya que sirven para volver a formar de manera correcta  los  zurcos y quitar la poca hierba que ha ido naciendo y creciendo a la par de las plantas de frijol y  maíz,  más  adelante cuando las plantas de frijol van a florear o ya están floreando viene  otro  trabajo  que se llama Deshierbar, esta acción consiste a quitar las plantas que han ido naciendo y  creciendo al lado de las plantas de frijol y maíz, la idea es que las plantas de frijol y maíz crezcan  lo más libres y solas que se pueda porque la hierba las perjudica enormemente ya que son  ella  compiten  por los nutrientes que hay en el subsuelo y si crecen mucho las hierbas pueden  llegar  a  ahogar a las plantas sobre todo a las de frijol.
Bueno regresando al momento actual, se había hecho de noche ya, habíamos prendido un aparato de petróleo con el que contábamos para alumbrarnos un rato  por  las  noches y también una pequeña parrilla de petróleo para preparar los sagrados alimentos aunque  cuando  el clima lo permitía era preferible que se cocinara en un hogar que se improvisaba en el  suelo  seco  con piedras y leña seca, la parrilla solo se usaba en los días en que estaba lloviendo por obvias razones, mi padre se dispuso a hacer la cena, en esta ocasión la cena la comprendían un guisado de papas a la mexicana y otro guisado de frijoles fritos y sus respectivas tortillas hechas a mano y calentadas en el comal, todo esto acompañado por un buen vaso de te de canela; esa era la comida sencilla a la que estábamos acostumbrados en estas latitudes; aunque había veces que salíamos  de caza y nos traíamos un conejo, una liebre, unas ratas de campo, una perdiz, una paloma campera o una o varias codornices y hasta un venado o un jabalí en algunas ocasiones,  en  estas  ocasiones nos dábamos un atracón de miedo.
Después de degustar esta opípara cena,  nos dispusimos a descansar  plácidamente en nuestras improvisadas camas, estas consistían en un hule o una lona sobre el suelo de tierra  y encima una colchoneta y algunas viejas cobijas y algunas  no  menos  viejas sobrecamas,  casi  siempre dormíamos sin almohada y con la ropa puesta ya que no se usaban en aquel tiempo y  sobre todo en esta casta social los pijamas, así que después de enjuagarnos la boca con agua ya que no había ni pasta de dientes ni cepillos dentales nos dispusimos a dormir.
No habían pasado ni quince minutos de que nos habíamos  acostado  cuando  se  empezaron a escuchar los rayos que se dibujaron en el cielo oscuro y empezó a caer  un  verdadero diluvio sobre toda la zona llamada “La Pastoría” que era donde se ubicaban las tierras de mi padre, poco a poco y ayudados por el ruido sordo del caer de la lluvia nos fuimos quedando dormidos.













Al día siguiente nos despertamos antes de que los primeros rayos de sol salieran por el horizonte, nos despabilamos y salimos a sentir la frescura de  la  mañana  en  nuestros  rostros, eran aproximadamente las 7:00 a.m., mi padre me mando a traer la leña  para preparar el almuerzo, difícilmente iba a encontrar leña o ramas que estuvieran secas después de la lluvia nocturna, aun así me perdí entre los árboles y nopales que poblaban la loma a donde me dirigía para recolectar la leña, después de un rato de buscar y buscar logre recolectar algunas ramas que  aun  estando húmedas con un poco de suerte y paciencia harían un buen fuego para calentar los alimentos de la noche anterior que como habíamos dicho anteriormente eran papas a la mexicana y frijoles fritos.
Adicional a esto mi padre iba a preparar un buen guiso de huevos de gallina en esta ocasión los haría revueltos, con estos tres guisos tendríamos asegurado un excelente almuerzo para después dedicarnos a nuestras labores que difícilmente el suelo tan mojado nos permitiría hacer.
Después de aquel sabroso almuerzo mi padre le ordeno a mi hermano mayor que ensillara el caballo porque se iba al pueblo a la casa donde permanecían mi madre y mis hermanas, el viaje era para traer el cargamento de tortillas hechas a mano que les comentaba anteriormente, además de las tortillas, traía algunas gorditas de guisado de chile rojo o verde que nos preparaba mi madre, traía también sal, azúcar, canela, café de grano y algunos otros productos que surtirían nuestra despensa acá en el campo, el viaje era largo ya que iba a recorrer aproximadamente 30 kilómetros, pero a caballo y por lo difícil que es viajar a campo traviesa, le llevaría a mi hermano casi tres horas de ida y otras tres horas de venida; así que la ida la haría el día de hoy, partiría alrededor de las 11:00 hrs. a.m. para llegar a la casa del pueblo más o menos a las 14:00 hrs. p.m. y la vuelta seria hasta el día de mañana saliendo de la casa del pueblo aproximadamente a las 8:00 hrs. a.m. para llegar más o menos a las 11:00 hrs. a.m., normalmente estos viajes eran cada tercer día o cada dos días aproximadamente ya que eran cosas que no se podían conseguir de otra manera.
Cuando mi hermano mayor partió yo estaba limpiando un poco de frijol para más tarde ponerlo a remojar y finalmente cocerlo en la olla de barro en el hogar alimentado por las ramas recolectadas temprano por la mañana, en realidad yo me ocupaba de trabajos fáciles que no requerían de mucho esfuerzo dadas mis condiciones de niño pequeño (acababa de cumplir los 6 años) yo me ocupaba de hacer cosas casi vánales como limpiar los frijoles y ponerlos a coser, ir a traer leña (ramas) porque cuando realmente íbamos a la leña íbamos en la traila y a veces hasta cortábamos uno o dos árbol de los que ya estaban secos, a punta de hacha y luego se cortaban las ramas se les quitaban las pocas hojas que pudieran tener y tanto tronco como ramas grandes se cortaban en pedazos más cortos y manejables, estos se dejaban al sol para que terminaran de secarse, estos posteriormente se cortaban en dos o en cuatro partes (hacer leña) cuando ya se iban a ocupar ya fuera para calentar la comida, calentar agua para pelar algún marrano y hacer chicharrones del mismo marrano en un cazo y algunas otras cosas para las que se usaba la leña, así transcurrió ese día, prácticamente no se trabajó en las labores pues estaba muy humedad la tierra, se tenía que dejar orear para que no se hiciera un atascadero con el zoquete (lodo).
Más tarde alrededor de las 18:00 horas me dispuse a encender la vieja radio de pilas que era el único aparato de entretenimiento con el que contábamos en la pastoría, de hecho era el único entretenimiento con el que contábamos también en la casa del pueblo, en algunas de las casas de la gente que tenía el modo o estaban más acomodadas (dinero), si contaban con televisión que en aquel tiempo eran unos aparatos muy voluminosos ya que eran de los conocidos como de bulbos, además eran televisores que se veían en blanco y negro, no había de color; por lo menos en el pueblo.
Eran tan raro que algún vecino tuviera televisor que hasta cobraba para dejar pasar a verlo, me acuerdo que en aquel tiempo cobraban 20 centavos, una moneda de cobre de tamaño mediano, de las que circulaban en ese tiempo en el pueblo, con esa moneda podías comprar en la tienda un pan de azúcar, tres dulces y tres chicles, en la actualidad (2016) para comprar esas tres cosas debes desembolsar alrededor de 10 pesos.
Bueno regresando a lo que les estaba contando, encendí la radio me eche sobre un costal en el suelo de tierra y sintonice o trate de sintonizar la estación XEW, por la cual se en ese tiempo transmitían las radionovelas Porfirio Cadena el ojo de vidrio, Chucho el roto y Kaliman el hombre increíble, estas eran mis tres radionovelas favoritas aunque había otras que también salían en ese tiempo, estaban magistralmente actuadas por los actores y los efectos especiales tan bien logrados que cuando las escuchaba y cerraba los ojos podía ver y sentir lo que ellos hacían, era casi como si yo me convirtiera en parte de la radionovela, era muy parecido a leer un libro que te gusta mucho y te transportas a vivir las aventuras narradas en él, te conviertes en un actor más del libro o en este caso de las radionovelas, un actor mudo ya que te sientes en medio de la acción pero no puedes interactuar con ellos, eres como un testigo mudo o como un fantasma que puede ver y oír pero no hablar o hablar pero no ser escuchado.
Para mí era muy emocionante casi diría yo que era excitante poder escuchar las radionovelas y de alguna manera interactuar con los personajes, tratando de advertirles acerca de alguna traición del oponente o tratando de avisarles de algún peligro que podía correr, en ocasiones era hasta frustrante ya que obviamente por más que les advertías, estos terminaban siendo traicionados por los oponentes o caían en las trampas que estos les tendían, esa era la magia de la radio por aquellas latitudes en aquellos tiempos.
Estaba de lo más entretenido con las radionovelas cuando mi padre me llamo para cenar, así que me levante de mi improvisada cama en el suelo y por supuesto me lleve la radio conmigo para terminar de escuchar las radionovelas, esa noche solo cenamos unos huevos revueltos acompañados por frijoles, tortillas y un chile (salsa) preparado por mi padre en una sartén, este llevaba chiles jalapeños (cuaresmeños) picados , cebolla picada, tomate (jitomate) picado, medio diente de ajo machacado, esto se echaba en la sartén con un poco de manteca de cerdo y se freía hasta que el chile estaba blando, iba a estar deliciosa la cena, está la acompañamos de un té de yerbanis (pericón) era una planta que se daba mucho por esos lugares, era una planta que crecía hasta los 50 centímetros, era de un color verde intenso y daba una flor de un llamativo color amarillo, el olor y sabor eran muy apreciados por la gante de los alrededores.
Bueno una vez que terminamos de cenar y que se hubieron terminado también las radionovelas, mi padre y yo nos enjuagamos la boca y nos dispusimos a caer en los brazos de Morfeo, porque han de saber que yo ya tenía conocimiento de quien había sido Morfeo que no era otro más que el Dios de los sueños que a su vez era el hijo de Hipnos el Dios del sueño, todo esto dentro de la mitología Griega, todo eso y otras cosas más me las había contado mi padre en algunas platicas que teníamos a veces antes de poder conciliar el sueño.
Así que esa noche paso sin contratiempos y a eso de las 7:00 horas a.m. desperté y escuche que mi padre ya andaba afuera de la casa y parecía que andaba peleando con los trastes, asi que apure a levantarme antes de que se produjeran algunas bajas del bando de los trastes por supuesto y me apure para auxiliarlo en el lavado de los mismos.
Me levante. Me enjuague la boca y me fui al rio a traer agua para lavar los trastes, el rio al que hago referencia no era más que un pequeño arroyo de aguas escasas pero cristalinas del cual nos surtíamos de agua para todas las actividades en las cuales esta era la protagonista, llámese asearnos ya fuera lavándonos manos y cara o de plano bañarnos, tomar agua durante el día, preparar los alimentos, etc., el rio o arroyo estaba como a cincuenta metros de distancia de la casa y había que sortear algunos grupos de nopales, gatuños, huizaches  y cardenches que normalmente son parte de la flora avecindada en la región, así que seguí la vereda que me llevaría hasta el arroyo, cuando llevaba la mitad de la distancia recorrida me llamo la atención el brillo de un objeto que estaba semienterrado en el suelo en la orilla de la vereda por la que transitaba en ese momento, me detuve, me agache para ver qué tipo de objeto era aquel, a primera vista parecía que el objeto estaba hecho de algún tipo de metal, se alcanzaba a ver parte de la cara plana de uno de sus lados, alcance a observar algunas pequeñas letras, recogí un pedazo de un pequeño palo de la rama de un árbol que se encontrada a un costado mío en el suelo y le empecé a rascar al objeto que acababa de encontrar, conforme le fui rascando alrededor del objeto, este fue quedando expuesto ya a flor de tierra, cuando termine de sacarlo lo tome en mi pequeña mano, era de un tamaño grande comparado con las monedas de a veinte centavos que ya había tenido en mi poder, era una moneda plateada, podía ser una moneda de un peso de las que traían grabada la imagen de Morelos, la guarde en mi bolsa y seguí mi camino hacia el arroyo.
Llegue al arroyo, llene la tina (cubeta) que llevaba para llevar agua a la casa, saque la moneda y comencé a lavarla en las cristalinas aguas del arroyo, mientras más le tallaba para quitarle la tierra pegada a la moneda, esta iba adquiriendo un color y un brillo más intenso, era de color plateado y era una moneda de a peso de Morelos, de las que son de plata, la seque con mi paliacate (pañuelo) y me la guarde en la bolsa derecha de mi pantalón.
Regrese a la casa, lave los trastes y los puse a secar en el lavamanos (palangana) y le dije a mi padre acerca de la moneda que me había encontrado, se la enseñe y me dijo que había tenido buena suerte ya que la moneda era del año 1958 y era de plata pura, esta valía más que un peso que es como estaba catalogada, me la devolvió y me dijo que la guardara bien, que no la fuera a perder y que cuando regresáramos al pueblo íbamos a preguntar cuanto valía. Mi padre ya tenía asando en las brasas un conejo que en el tiempo que yo había ido al arroyo él lo había cazado en la parte trasera de la casa, lo íbamos a acompañar con los frijoles y el chile que habían sobrado de la cena de la noche anterior, humm, el conejo estaba riquísimo yo me comí una pierna y parte del costillar, también tomamos te de yerbanis del que había sobrado de la noche anterior, en seguida nos fuimos a terminar de sembrar maíz en la última labor que nos quedaba aun sin sembrar, mi padre pego el tronco de mulas (dos mulas) al arado yo prepare el costal de maíz desgranado y el morral en el que íbamos echando una cantidad menor a la del costal para que fuera más manejable al momento de ir sembrando el maíz en el zurco que iba abriendo el arado jalado por las mulas.
Era una labor más bien chica, estamos hablando de alrededor de una hectárea (una hectárea es un terreno de 100 metros lineales por lado) aproximadamente 10,000 metros cuadrados, para que se den una idea del tamaño de una hectárea, en esta cabrían cincuenta lotes de doscientos metros de los que venden para construir una casa, en esta labor íbamos a sembrar más o menos unos doscientos zurcos de maíz, teníamos que terminar de sembrarlos este mismo día, y empezamos poco a a poco, ida y vuelta para cerrar un zurco, nos tardábamos alrededor de 5 minutos con cada zurco sembrado, cuando corrían mas o menos las dos de la tarde, alcance a ver en la distancia como a unos 500 metros en la loma de un cerro en la dirección del pueblo, un jinete que venía, era mi hermano que ya venía con las gordas que nos mandaba mi madre del pueblo, tardo como unos 10 minutos en llegar, llego directamente a la labor donde estábamos trabajando mi padre y yo, se bajó del caballo, bajo las cosas y descensillo el caballo y lo amarro en el árbol más cercano a la labor, mi padre ya estaba encendiendo una lumbre (fuego) para calentar las gordas que nos traía mi hermano del pueblo, no solo eran gordas rellenas de asado en chile rojo y verde , también traía quesadillas, traía queso, traía tornachiles, traía paquetes de galletas saladas y portolas (sardinas en caldo de tomate (jitomate), toda una despensa que nos podía durar más o menos una semana, después de la cual mi hermano iría otra vez al pueblo a surtir nuevamente la despensa.
Ese día yo me comí una gorda de chile rojo, una quesadilla y también un taco de portola  preparada con cebolla, tomate y chile picados (pico de gallo), mi hermano además se comió su porción del conejo que habíamos almorzado mi padre y yo por la mañana.
Una vez que terminamos de comer, mi hermano tomo el lugar de mi padre en el arado, porque mi padre ya estaba cansado, tenía 56 años en ese tiempo pero además tenía un problema en la rodilla de una de sus piernas, cuando él era niño había tenido un accidente en jugando se cayó y se lastimo la rodilla, lo llevaron a curar con un señor que era huesero, le puso una pomada y lo sobo, le dijo a mi abuelita que tuviera cuidado que mi padre no se fuera a mojar la rodilla porque la pomada que le había puesto era caliente, al llegar a su casa los hermanos y primos de mi padre estaban jugando en un charco que se había formado enfrente de la casa y mi padre sin pedir permiso se metió al charco a mojarse junto con sus hermanos y primos, cuando mi abuelita se dio cuenta el ya andaba adentro del agua, lo saco jalando de las orejas pero el mal ya estaba hecho, la pomada que el huesero le había puesto y el contacto con el agua fría le dejo la pierna sin poder doblarla se le quedo semidoblada, entonces mi padre empezó a caminar cojeando, este problema se agravaría ya adulto en una ocasión en que mi padre viajaba arriba de un burro, este era muy mañoso y no obedecía las ordenes como de que se detuviera o que volteara a uno o al otro lado y mi padre quiso corregirlo con golpes, le dio un golpe con su mula (bastón) que usaba para caminar, con tan mala suerte que se la dio en la nuca al burro y este de desmayo cayendo encima de la rodilla que mi padre tenía mala, y se la aplasto contra una piedra que estaba en el camino y en los forcejeos para poder librarse del animal y levantarse, le lastimo mucho la rodilla la cual quedo astillada por dentro y mi padre batallo mucho con dolores y curaciones en la rodilla mala, había ocasiones que mi padre cuando se curaba se lograba sacar pedacitos de hueso por un hoyo que se le hizo en la rodilla en la parte de afuera (lateral), esto a fin de cuentas nos llevó a dejar el pueblo y viajar a la ciudad de México cuando yo tenía 8 años e iba a cumplir 9.
Pero ya llegaremos a esas instancias en la narración y les platicare de ello, por el momento continuábamos trabajando en la labor con mi hermano manejando el arado que jalaba el tronco el cual formaban un par de mulas y yo en la parte posterior sembrando el maíz, iban a ser casi las 18:00 horas p.m. cuando terminamos de sembrar aquella labor que era la última que nos faltaba, recogimos nuestras cosas y nos dispusimos a partir a la casa para descansar de aquella jornada que había sido agotadora.
Llegamos a la casa y nos tumbamos unos bajo la sombra de un árbol y otros dentro de la casa tratando de mitigar el cansancio y el calor que a esas horas rondaría los 40 grados centígrados,
Mi padre nos sirvió unos jarros llenos de agua fresca que aunque natural estaba muy buena, muy reconfortante ya que provenía de una tinaja que estaba a la sombra de un árbol y semienterrada en la tierra y procurábamos que siempre estuviera humedad la tierra que rodeaba a la tinaja.
Así fue transcurriendo la tarde y llego la noche, cuando estábamos preparando la cena, hubo un momento en el que levante la vista para observar el cumulo de estrellas que se podían observar casi a diario, menos los días en los que el cielo estaba nublado, este día no era el caso así que cuando estaba observando las estrellas hubo un momento en que me pareció que una de las estrellas se había movido, el movimiento fue fugaz de tan solo un par de segundos, es común que algunas veces se den los fenómenos de lluvia de estrellas y se puede observar como las estrellas caen ya sea de forma vertical o de forma diagonal hacia la tierra; pero en este caso no era así, el movimiento que alcance a observar fue en forma recta, por un momento baje la vista y no creyendo lo que había visto volví a mirar hacia el cielo, la estrella se movió nuevamente y ahora se movió en forma recta nuevamente pero el tiempo que duro el movimiento de la misma supero los diez segundos, yo, continúe observándola y claramente la vi cuando cambio de dirección formando un escalón y continuo su viaje de manera recta. Jamás en mi corta vida había visto algo semejante, debido a mi edad no supe que pensar, yo sabía que las estrellas no tienen ese tipo de movimientos, por lo menos no como si se movieran con voluntad propia, en fin la estrella ceso en su viaje al llegar a cierto lugar en el firmamento y se quedó quieta como estacionada, deje de verla y me ocupe en otras cosas pero estoy seguro que más tarde se volvería a mover, no fue la primera vez ni sería la última que estaría interesado en el movimiento de las estrellas o lo que fuera que se moviera en el firmamento.
Terminamos de cenar y nos dispusimos a descansar, la noche transcurrió de manera apacible, sin contratiempos y pronto llegaron las 07:00 horas de la mañana y nos dispusimos a levantarnos para continuar con nuestras actividades, el almuerzo ya estaba listo puesto que mi padre se levantaba antes que nosotros, en esta ocasión mi padre había tatemado unos chiles anchos en las brasas del hogar, después de pelarlos los había martajado (deshecho) con las manos para hacer una especia de salsa de rajas de chile ancho (poblano), acompañado de una generosa porción de frijoles guisados y un vaso de té de yerbanis, al terminar de almorzar mi padre y mi hermano se dispusieron a irse a trabajar a terminar los últimos detalles en la última labor que habíamos sembrado el día de ayer, a mí me encargo que fuera a traer leña para preparar la comida del este día.
No bien se hubieron ido mi padre y mi hermano y yo prepare mis arreos para traer la leña, en esta ocasión llevaría una chavinra (un lazo) para hacer la brazada (bulto) de madera, en esta ocasión me dirigiría al norte de la casa, con rumbo al cañón por el cual se veía el agua cuando iba a empezar a llover, un cañón para los que no lo saben en el lugar en donde se juntan dos formaciones montañosas o cerros de buena altura, en medio de estas dos formaciones se hace una especie de V y se le da el nombre de cañón.
Cuando ya había caminado cerca de veinte minutos acomode la chavinda en el suelo y me dedique a juntar ramas de tamaño mediano de manera que al hacer fuego con ellas hicieran brasas porque si las ramas están muy delgadas no hacen brasas sino solo ceniza y no dura el tiempo suficiente para terminar de hacer un buen guisado, casi había terminado de hacer la brazada de ramas cuando me agache para depositar encima de la chavinda el último viaje de ramas, escuche un ruido a mis espaldas de algo o alguien que paso corriendo a una velocidad de vértigo, voltee de manera muy rápida pero no alcance a ver que había sido lo que había pasado, aguce los sentidos por si se volvía a repetir el ruido, comencé a avanzar hacia unos arbustos que estaban por donde se había escuchado el ruido anterior y cuando ya estaba llegando al lugar, me faltaban escasos dos metros cuando repentinamente salió de entre los arbustos algo que se movió a una velocidad vertiginosa, lo pude identificar cuando ya se alejaba de mi posición, cuando ya iba como a veinte metros, era un paisano (faisán), un ave corredora que abundaba en estos lugares semidesérticos, el ave aunque corredora a veces también se encarreraba y podía saltar y planear hasta por veinticinco o treinta metros, en esta ocasión el ave que había visto era un macho, su plumaje era de llamativos colores, entre dorado y amarillo en su base pero también tenía colores como el verde, el azul y el rojo, todo un lujo poder observar a un ave de ese tipo, termine de hacer la brazada, me la cargue en la espalda y deshice el camino andado hasta llegar a la casa, estaba sola, baje la carga y deshice los nudos de la chavinda, vacié la leña en el lugar habitual para ello y me senté a descansar a la sombra de un árbol, en este caso era un huizache de tupidas ramas, me fue aliviando el calor y el cansancio poco a poco, después de diez minutos descansando a la sombra del árbol, me levante y me dispuse a servirme un vaso de agua de la tinaja que estaba semi enterrada cerca de la base de otro árbol cercano, este era un mezquite separado unos diez metros del huizache donde había estado descansando yo hacía unos minutos, me tome el refrescante líquido y me quede viendo hacia el horizonte con rumbo hacia donde se habían ido por la mañana mi padre y mi hermano, a razón de unos treinta metros medidos desde donde me encontraba en ese momento alcance a distinguir un brillo inusual en la tierra, inmediatamente vino a mi mente el recuerdo de la moneda de a peso que me encontré la ocasión anterior, rápidamente me dirigí al lugar de donde provenía el brillo, al llegar me fije y vi que el brillo no era como el de la moneda, empecé a rascarle alrededor del lugar de donde provenía el brillo y poco a poco fue emergiendo de entre la tierra una especia de piedra de color verde, llena de tierra, la saque con mucho cuidado y me dirigí al arroyo que no estaba más allá de unos cuarenta metros, llegue a la orilla del citado arroyuelo y empecé a lavar la piedra, cuando termine de hacerlo y una vez que la seque con mi inseparable paliacate se revelo ante mis ojos una piedra transparente en un color verde profundo que destellaba brillos con los rayos solares, por lo poco que sabía de joyas, si es que esta era una de ellas, yo sabía que el color verde le pertenece a las esmeraldas y por el tamaño más o menos lo que ocupa una canica de las llamadas bombochas que debe ser más o menos un diámetro de dos centímetros, si era una esmeralda como me lo estaba imaginando, esta debía de tener un valor alto como para venderla o cambiarla por dinero en alguna tienda o banco en Durango, debía valer por lo menos unos quinientos pesos, que era más o menos el valor de cualquiera de las casas que conformaban el pueblo, hablo de casas humildes, con un terrero que podía variar de 400 a 800 metros cuadrados de terreno, con una casa construida de adobe que podía tener dos o tres cuartos, una cocina y un comedor, no había ni baño ni sala; en aquellos tiempos las casas humildes no los tenían porque no se usaban, ya que en lugar de baño hacia uno sus necesidades en el corral que era la parte posterior del terreno, casi siempre atrás de la casa y se sentaba uno en las sillas del comedor en lugar de sala.
Bien pues estaba dejando volar mi imaginación, en caso de que esta piedra fuera una esmeralda, con el dinero que nos dieran al venderla se podía comprar una casa o comprar un terreno y construir una, aunque también se podían comprar otras cosas como un tronco de mulas o caballos o unas tres vacas o unas doscientas gallinas, ojala fuera un esmeralda la piedra que me acababa de encontrar para que mis padres se ayudaran y nos ayudaran a nosotros ya que éramos muchos hermanos, en ese momento éramos nueve hermanos vivos y dos hermanos muertos casi al nacer, los hermanos vivos éramos: Jaime el mayor, le sequia Manuel, mis hermanas Lucia y Maria Santos, mi hermano Alejandro que es el que estaba con mi padre y conmigo en la Pastoría, mis hermanas Tomasa y Maria de Jesús, yo y mi hermana más pequeña llamada Romana pero que yo no sabía porque todos le decíamos Anita, si en total nueve hermanos vivos, al mayor no lo contábamos ya porque se había ido a probar suerte a la ciudad de México y ya estaba trabajando y ya se había casado y mi hermano Manuel que también ya se iba a casar y también se iba a ir a la ciudad de México con mi hermano Jaime, si la piedra en verdad era una esmeralda nos iba a servir de mucho en la casa ya que dependíamos totalmente de la cosecha del maíz y del frijol que se levantara en los próximos meses (Octubre-Noviembre), la gran mayoría de las personas que vivíamos en el pueblo dependíamos de que se levantara bastante frijol y maíz en la cosecha, para una familia humilde como la nuestra una buena cosecha dependiendo de las hectáreas que tuviera de tierras cada familia que podía rondar entre cinco y unas veinte hectáreas, en nuestro caso eran siete hectáreas las que mi padre tenía a su nombre, si de cada hectárea se podían levantar de unos cinco a unos ocho bultos de frijol de a 70 kilos, era un poco más de media tonelada de frijol por cada hectárea sembrada; en total por las siete hectáreas que teníamos podíamos levantar unas tres toneladas y media que es el equivalente a 64 bultos de frijol, pero estamos haciendo cuentas en caso de que lloviera regularmente hasta finales de Septiembre que era cuando las plantas ya tenían el fruto desarrollado y solo se está esperando que terminen su maduración en la planta para proceder a cortarlos y dejarlos mas o menos un mes en formaciones de borregos para el caso del frijol y gavillas en el caso del maíz para que terminen de secarse y poder parvearlos (separar la semilla de la paja) en el caso del frijol y pizcarlos (quitar las mazorcas de la planta del maíz)  y encostalar la semilla, si no llovía regularmente es estos meses de Mayo a Septiembre se podía perder parte de la cosecha a veces hasta tres cuartas partes de la misma, había años en que se perdía este porcentaje y solo se levantaban alrededor de 16 bultos o costales de semilla de frijol, si hacemos cuentas que se necesitan por lo menos dejar tres bultos para la semilla del siguiente ciclo de siembras, la familia contaría solo con trece bultos o costales de frijol para subsistir del mes de Diciembre al mes de Octubre-Noviembre cuando llega la otra cosecha, es una vida muy difícil ya que estos trece bultos de frijol no solo son para comer sino para los demás gastos como vestir y calzar a toda la familia y además tomando en cuenta que cuando querías vender un bulto de frijol, te pagaban el kilo como a uno cincuenta, vendiendo un bulto sacabas ciento cinco pesos los cuales en el mejor de los casos te podían durar unos quince días para el puro gasto de la casa sin contar con el gasto del vestido y el calzado para toda la familia, así que si la piedra que me había encontrado era en verdad una genuina esmeralda, al venderla el dinero nos podía servir para subsistir unos dos meses y medio cuando se acabara el frijol, aunque también aquí entran las actividades extras que se pueden desarrollar por parte de los integrantes de la familia, mi padre en tiempos en que no había siembras que es el tiempo en que se les llama secas porque no llueve, solo ocasionalmente llega a llover, el se dedicaba a vender carne ya que tenía una carnicería, mi madre se dedicaba a componer o hacer ropa ya que contaba con una máquina de coser en casa y mis demás hermanos cada quien dependiendo de la situación hacia una u otra actividad para poder tener algo de dinero, sobre todo los que íbamos a la escuela en ese tiempo, a mi difícilmente me podían dar dinero para gastar en el recreo cuando estábamos en clases, yo me las ingeniaba para poder tener aunque fueran unos centavos; a veces me ponía a pepenar frijol en la misma paja que ya teníamos guardada en la casa, había que batallar mucho porque esta paja ya había sido parveada y se le había quitado casi todo el frijol, para poder juntar un cuarto de kilo de frijol con este método me podía tardar alrededor de dos horas para poder tener treinta y ocho centavos, o a veces me podía robar dos o tres huevos y los iba a vender a la tienda por estos tres huevos me daban como unos cuarenta centavos, pero como había dicho antes un pan de azúcar, dos chicles y dos dulces costaban como veinte centavos, así que con lo que sacaba de pepenar el frijol o vender esos tres huevos ya tenía dinero para gastar dos o tres días, así era de difícil la vida en mi pueblo en la década de los setentas a principios.
Asi que guarde la piedra en la bolsa de mi pantalón, regrese a la casa y espere pacientemente a que llegaran mi padre y mi hermano, cuando esto sucedió saque de entre mis ropas la piedra y se la enseñe a mi padre y hermano, mi padre la tomo en su mano y la observo a trasluz, igual lo hiso mi hermano, después de eso mi padre dio su opinión pensando también que podía ser una esmeralda y que efectivamente podía valer varios cientos de pesos, me puse sumamente contento porque se ser correcta nuestra apreciación iba a poder ayudar a la economía de la casa en esta ocasión. Mi padre guardo en su bolsa la piedra diciéndome que yo la podía perder, no fue mucho de mi agrado que hiciera aquello pero no dije nada, mi padre tenía razón así como me encontré la piedra la podía perder en cualquier momento.
Nos dispusimos a preparar la comida, en esta ocasión seria solo calentar las gorditas que el di anterior había traído mi hermano, aun había de chile rojo y verde, rápidamente dimos cuenta de las gorditas y los frijoles que habían quedado del almuerzo, cuando hubimos terminado con la comida, me dispuse a encender la radio para escuchar las radionovelas, las baterías o pilas ya estaban muy gastadas y el sonido era muy mocoso (cuando no se escucha claro) y apenas se podía entender los diálogos de los personajes, aun así pude escuchar las tres radionovelas que eran mis preferidas, el día de mañana mi hermano iba a ir otra vez al pueblo por la despensa y las gordas y tortillas al pueblo, le dije a mi padre que si podía ir con él, mi padre me dijo que si que podía ir con mi hermano al pueblo por las gordas, me puse sumamente feliz porque tenía ya más de quince días que no iba al pueblo.
Nos dispusimos a dormir, esa noche dormí plácidamente y soñé que andaba en el pueblo jugando con mis amigos en la calle enfrente de la casa, mi sueño fue interrumpido bruscamente por mi padre que pude sentir y escuchar que golpeaba algo con sus manos de manera contundente, me volví a dormir y al otro día igual a las 07:00 horas a.m. me desperté y me levante en seguida, al salir de la casa en el patio vi que había un par de ratas de buen tamaño muertas con la cabeza aplastada, son las creaturas que golpeaba mi padre por la madrugada, cuyo pecado había sido entrar en la casa donde estábamos durmiendo sin haber sido invitadas, mi padre empezó a pelarlas, nos iban a servir de almuerzo junto con un guiso de papas que mi padre ya tenía en la lumbre, cuando termino de pelarlas y de sacarles las entrañas, mi padre les unto un poco de manteca de cerdo y las puso en un palo que atravesaba de lado a lado el hogar, las ratas se iban a freír como si fueran unos cabritos o conejos en las brasas, en unos treinta minutos estuvieron listas, cuando terminamos de comer las papas cada quien agarro una parte de las ratas, en mi caso agarre las dos patas traseras y le mordí a la escasa carne que tenían, el sabor era muy bueno muy parecido al sabor del conejo, cuando era preparado de la misma manera a las brasas, terminamos de comerlas y mi hermano y yo no preparamos para salir hacia el pueblo.
Eran alrededor de las 10:00 a.m. cuando partimos a caballo, yo por supuesto iba en las ancas del caballo, a buen paso (trote) haríamos mas o menos las tres horas que ya les había contado que se deben de hacer, la primera hora de camino todo estuvo muy bien, íbamos frescos aun y el sol aún no estaba en el cenit, para la segunda hora íbamos pasando por un campo lleno de plantas de garambullos, una fruta muy rica y apreciada por todos los habitantes de la región, me baje del caballo y por unos diez minutos me dedique a cortar las pequeñas frutillas, las iba echando en un morral que me acompañaba a donde quiera que iba, había muchos garambullos y pronto junte como medio kilo, me volví a montar en el caballo y en el camino, mi hermano y yo degustamos las frutillas, el calor del sol había arreciado bastante, lo único que nos ayudaba era el sombrero que ambos traíamos puesto y el poco aire que nos daba al ir arriba del caballo que alegre porque ya había reconocido el camino de la casa seguía trotando.
Sin novedad llegamos a la casa, mi madre y mis hermanas nos recibieron con grandes muestras de júbilo, eran un poco más de las 13:00 horas p.m., en seguida nos prepararon un baño, yo en lo personal tenia mas de una semana que no me bañaba, mientras terminábamos de darnos el baño mi hermano y yo, mi madre estaba terminando de hacer la comida que en esta ocasión era una sopa aguada de fideo, frijoles refritos y un chile (salsa) de jalapeños en el molcajete, las tortillas como ya todos sabemos eran hechas a mano, toda una delicia para todos los que estábamos acostumbrados a comer de este modo, si describiera la comida de este día la palabra correcta debería ser “Deliciosa”, como hacía ya casi quince días que no comía en la casa porque yo ya tenía casi quince días que me había ido con mi padre a la pastoría, cuando terminamos de comer, mi madre me dio una mala noticia (por lo menos para mí), me dijo que habían llegado a la Iglesia un grupo de enfermeras y que estaban aplicando la vacuna contra el “Tétanos” y contra el “Sarampión”, en ese momento mi cara sufrió una transformación, después de estar súper contento y muy a gusto terminando de comer, empecé a mostrar primero preocupación, de la preocupación pase al miedo y del miedo finalmente pase al terror puro, me falto muy poco para que me echara a llorar, le tenía terror a la inyecciones, fueran vitaminas, medicinas o como en este caso vacunas.
Mi madre me aviso que a las cinco de la tarde iríamos a la iglesia a que nos pusieran las vacunas a mi hermana más chica y a mí, pues ni hablar le dije que si, haciéndome el valiente, por lo pronto faltaban todavía tres horas, por lo mientras sacaría los pocos juguetes con los que contaba en la casa, si que eran pocos, una trailita de madera con las ruedas de cajitas de vick vaporub, una rueda metálica que no era otra cosa que el aro de un rin de bicicleta rodada 28, esta rueda era para irla empujando con un gancho de alambre manejado por mi mano y un montón de canicas la mayoría de barro, aunque contaba también con algunas canicas llamadas mosaicos que estaban hechas de vidrio y eran más cotizadas por los niños de mi pueblo, en fin me entretuve en jugar un rato, en corretear a las gallinas un rato más y en recorrer el corral en su totalidad jugando a las canicas, tratando de matarlas a todas con mi canica de la suerte que era un mosaico transparente que tenía una figura adentro de color verde que formaba un trébol, de esa figura el mosaico tomaba su nombre, “trébol” y vaya que eran bonitos estos mosaicos, eran muy apreciados por todos los niños y algunas niñas del pueblo, tan entretenido estaba que se me paso el tiempo volando, cuando ya era tiempo de matar a la última canica que me quedaba con vida, escuche claramente el grito de mi madre que decía: Juan ándale ya nos vamos a la iglesia, quise protestar pero de mi boca no salió ni una palabra, mi madre era de armas tomar y por menos que eso me podía dar una golpiza que no quiero ni pensarlo; así que resignado llegue a donde estaba mi madre y mi hermana la menor, salimos de la casa, la iglesia estaba relativamente cerca, a tres cuadras de la casa, llegamos muy rápido para mi gusto, había una fila de niños que iban a recibir su dote de vacuna, eran diez niños los que estaba formados antes que mi hermanita y yo, mientras estábamos formados en esta fila, yo deje volar mi imaginación y me puse a pensar que no debí haber venido al pueblo, yo estaba tan a gusto en la pastoría que allá debí de haberme quedado, ayudando a mi padre y mi hermano en las labores del campo, aunque también era cierto que la primera parte de las labores estaba ya terminada, fácilmente mi padre podía regresar al pueblo estar acá por unos quince días y luego regresar a la pastoría a asegundar las labores que teníamos sembradas, yo me iría nuevamente con mi padre y mi hermano a la pastoría ya que todavía no entrabamos a la escuela, esto lo haríamos hasta que empezara el mes de Septiembre, en estas cavilaciones estaba cuando le tocó el turno de la vacunación a mi hermanita, que en cuanto le dijeron que era su turno empezó a llorar como si la hubieran golpeado, trato de darse a la fuga pero la mano de mi madre la detuvo a tiempo, así que no le quedó otro remedio más que ofrecer el brazo para la primera de las vacunas, la del sarampión, también tendría que ofrecer la nalga porque la vacuna del tétanos era en ese lugar, casi desmayada de tanto llorar termino su turno frente de la enfermera que estaba aplicando la vacunas, me tocó el turno a mí y me encomendé a todos los santos, le tenía pavor a las agujas y además en aquel tiempo no había jeringas desechables, eran unas jeringas grandotas, metálicas, no estoy seguro pero supongo que podrían estar hechas de acero inoxidable o aluminio, el chiste que sus agujas también eran de gran tamaño, para mí fue a la inversa primero me pusieron la de la nalga, en cuanto sentí el piquete sentí que mi nalga tembló, y en cuanto vaciaron su contenido sentí que toda la pierna se me durmió como si me hubieran puesto anestesia, termino la enfermera y le tocó el turno a mi brazo derecho de recibir su dote de vacuna, mismo caso sentí que se me quedo dormido y solo sentía que me hormigueaba, fui muy valiente porque no llore, pero estuve muy cerca, total terminamos nuestro turno en la fila de las vacunas, mi madre les dio las gracias a las enfermeras y nos dijo a mi hermana y a mí que íbamos a pasar a la iglesia a dar gracias a Dios, pasamos a la iglesia que a esas horas estaba casi vacía, con mucho trabajo nos hincamos mi hermana y yo para persignarnos y después para sentarnos, nos dolía horriblemente la vacuna de la nalga, estuvimos como unos quince minutos más en la iglesia, mientras mi madre hacia unas oraciones, cuando termino, salimos de la iglesia y nos dirigimos a la casa, en la esquina de la iglesia estaba un señor que vendía duros (chicharrones) y barquillos de nieve, mi hermana y yo le rogamos a mi madre que nos comprara un barquillo, mi madre se nos quedó mirando y pensando por lo que habíamos pasado recientemente, se condolió de nosotros y nos compró el barquillo, mi hermana lo pidió de vainilla y yo lo pedí de limón, en ambos casos el señor le puso a los barquillos encima de la nieve una generosa porción de miel de sabor fresa, deliciosa, mi madre pago diez centavos por los dos barquillos y seguimos nuestro camino hacia la casa, una cuadra antes de llegar a la casa vivía mi mejor amigo de aquellos tiempos un niño llamado Nino, íbamos juntos a la escuela y éramos compañeros de aventuras, le dije a mi madre que si me dejaba invitarlo a jugar a la casa, me contesto que sí, y mi hermana y mi madre siguieron su camino hacia la casa, yo llegue frente a la casa donde vivía mi amigo y toque la puerta, salió la mama de Nino, la salude y le pregunte por él, me contesto que estaba adentro y lo llamo, llego Nino, lo salude y le pregunte a su mama que si lo dejaba ir a jugar a mi casa un rato, su mama le dio permiso de ir a jugar a mi casa solo una hora, eran las 18:00 horas p.m., teníamos hasta las 19:00 horas p.m. para jugar y contentos nos despedimos de la señora y nos dirigimos a la casa, llegamos a la casa y nos dirigimos al corral que era el lugar habitual de juegos, empezamos a jugar con la trailita que yo tenía, la llenábamos de tierra y la transportábamos de un lado al otro del corral para hacer adobes y posteriormente hacer una casa con ellos, se nos pasó el tiempo volando, no terminamos de hacer la casa y solo se quedó con las paredes levantadas, quedando mi amigo y yo de terminarla el día de mañana, nos despedimos y mi amigo se marchó para su casa, eran ya las 19:00 horas y hasta esa hora le habían dado el permiso, me quede yo solo en el corral de la casa, me encantaba la temporada de lluvias porque hay hierbas y plantas por todos lados esto es muy apreciado por lo menos en esta parte del país en que la temporada de lluvias va de Junio a Septiembre, solo cuatro meses de lluvias y los demás meses son de secas, puro aire, calor en verano y frio en invierno, aproveche los últimos rayos de sol para terminar de recoger mis juguetes y guardarlos en mi cuarto.
Mi madre nos llamó a todos a cenar, en esta ocasión mi madre había hecho un atole de harina de trigo sabor chocolate, también había hecho una sopa como la que hacen en las reliquias, estas sopas son de varias sopas diferentes, pero las guisan juntas, la sopa iba acompañada del famoso asado que no es otra cosa más que un guisado de carne de puerco con chile puya rojo, este asado es de mis platillos favoritos de la comida típica Duranguense, estuvimos presentes en la cena casi todos, solo falto mi padre que estaba en la pastoría y mis dos hermanos mayores que estaba viviendo desde hacía unos meses en la capital llamada México, una ciudad enorme, con muchísimos coches, camiones y fábricas, más adelante les platicare acerca del viaje que hicimos a la capital.
Total que estuvimos cenando, eran las 20:30 horas terminamos de cenar a las 21:00 horas que era un horario en desuso para la cena, normalmente en estos pueblos la cena tiene que ser antes de las 20:00 horas porque ya para las 21:00 horas, casi toda la gente está ya en su cama dormida o tratando de conciliar el sueño, como no había luz eléctrica o algún entretenimiento como en las grandes ciudades, la gente prefiere irse a dormir temprano y levantarse temprano al otro día.
Terminamos de cenar y nos fuimos a dormir, esa noche dormí como un bendito, aunque las vacunas que me habían aplicado durante la tarde aún me dolían un poco, el día había sido muy ajetreado y caí rendido, aunque desperté sobresaltado a eso de las 04:00 horas de la madrugada, yo creo que tenía calentura porque desperté agitado y además veía unos changos que iban brincando de cuadro en cuadro, en los cuadros que tenía mi madre colgados en la recamara, hubo también una ocasión que veía una tortilla enorme como de un metro de diámetro que me la tenía que comer y ¡no me cabía en la boca!, era la reacción de mi cuerpo a las vacunas que me habían puesto un día antes, llego la hora en que se levantó mi madre que era a las 06:00 horas de la mañana, a mi hermana menor y a mí nos dejaban dormir un poco más, cuando paso al lado de la cama donde estaba dormido yo, le comente como me sentía, vino hasta mi lado y me toco la frente, me dijo que tenía un poco de calentura que me iba a preparar un te para que se me bajara.
Y dieron las 07:00 horas de la mañana, al tratar de incorporarme de la cama, sentí un agudo dolor en mi nalga derecha, que es en la que me habían aplicado la vacuna, era un dolor tan fuerte que no podía caminar de manera normal, sino que tenía que cojear para poder hacerlo, a mi hermana le pasaba lo mismo, la enfermera le había dicho a mi madre que en los próximos días podíamos presentar estos síntomas y que podían durar hasta tres días, ya se había puesto cabron porque no podría regresarme a la pastoría en este día, yo creo que mi hermano se tendría que ir a pastoría solo en un rato más.
Dimos cuenta del almuerzo que les había comentado hace un rato todo esto acompañado por un café con leche y unas piezas de pan ranchero que mi madre había mandado a comprar a la tienda; todo estuvo delicioso como de costumbre, comí como un niño sin hogar , parecía que tenía varios días sin probar bocado, cuando terminamos de almorzar, me salí junto con mi hermana al corral, para enseñarle la casita que estábamos haciendo entre Nino y yo, a mi hermana le gustó mucho la casita y me dijo que si podía jugar con nosotros cuando llegara Nino, le dije que sí, que no había ningún problema que podía jugar con nosotros, en eso estábamos cuando tocaron a la puerta, trate de correr a la puerta para ver quien tocaba pero no pude, cojeando atravesé el corral, el patio y llegue a la puerta del corral, Nino siempre tocaba en esta puerta, esta era por la que entraba y salía la traila de mi padre y los animales, caballos, burros y vacas que a veces llevábamos a pastar, aunque teníamos la puerta de entrada a la casa que era por donde entraban las visitas, Nino siempre tocaba por el puerton (portón) o zaguán, abrí el puerton para que Nino pasara, entro y los tres juntos nos dirigimos al corral a continuar nuestro juego, nos faltaba como la mitad para terminar de construir la casita que habíamos comenzado un día antes, ahora tendríamos que a construirle un techo a la casita, para esto tendríamos que conseguir unas vigas y más tierra para el techo y posteriormente apisonarlo, era una ardua labor la que nos esperaba, lo bueno que ahora Nino traía toda la mañana de permiso, su mama sabía que aquí en la casa estaba seguro, que era mi mejor amigo y que siempre nos habíamos llevado bien, también mi madre y mis hermanos lo trataban bien, empezamos acarreando la tierra del lugar que la habíamos empezado a acarrear el día de ayer, tuvimos que echar seis viajes de tierra en la trailita, a esta solo le cabía una palada de tierra, también echamos tres viajes de ramas para hacer las vigas, mientras tanto mi hermana jugaba con sus muñecas, las muñecas de mi hermana eran unas muñecas de trapo, que aunque no eran muy bonitas ella las quería mucho, después de jugar un buen rato con ellas, mi hermana nos dijo que van a querer de comer para hacerlo, le dijimos que queríamos unas gorditas de chile rojo, y se puso manos a la obra.
Nosotros mientras tanto ya teníamos bien armadas las vigas solo nos faltaba hacer el zoquete para echar el colado, tuvimos que echar tres viajes en la trailita con un bote dulcero lleno de agua, una vez que terminamos de acarrear el agua, hicimos la mezcla y comenzamos a colar el techo de la casita, una vez que hubimos terminado, mi hermana nos llamó a comer, ella se las había ingeniado para hacer comida de verdad, no eran gorditas reales sino que las había hecho de tortilla y con lo que había sobrado del asado, la verdad es que estaban buenas las “gorditas”, además nos había traído de tomar agua de limón, total que comimos y una vez que terminamos de hacerlo, voltee y me quede viendo hacia el cielo, este se había empezado a poner oscuro, le dije a mi hermana y a Nino, parece que va a llover; vamos a apurarnos a recoger las cosas para que no se nos vayan a mojar y dicho y hecho apenas habíamos terminado de recoger las cosas cuando empezó a lloviznar, primero fueron unas cuantas gotas, corrimos a guarecernos de la lluvia, en unos pocos minutos el aguacero agarro una fuerza desmedida, pocas veces había visto llover con esa fuerza, me pregunte a mí mismo y les comente a mi hermana y a Nino que si la casita iba a aguantar que pasara la lluvia porque con la prisa se nos olvidó taparla con algún hule o un cartón, como me hubiera gustado haber tenido una cámara de fotos de las digitales o un celular como las que hay en la actualidad y tomarle unas fotos a la casita para tenerlas de recuerdos porque estoy seguro que no van a aguantar y se ha a deshacer con la lluvia, mi hermana y Nino se me quedaron viendo sin entender lo que acababa de decir, ya que yo absorto viendo la lluvia había dicho en voz alta lo que estaba pensando y lo de la cámara y el celular para ese tiempo eran cosas impensables, no había, no existían; bien ahí quedo la cosa, nos metimos a la casa y esperamos a que terminara de llover, ya eran las 13:00 horas Nino se tenía que ir a su casa, la lluvia paro a las 14:00 horas y Nino de despidió de nosotros y salió disparado hacia su casa, mi hermana y yo esperamos un rato más y luego sin aguantar la curiosidad fuimos a ver que había quedado de la casita, tal y como la había dicho yo hacía un rato, de la casita solo habían quedado ruinas, como las ruinas que a veces la gente descubre de civilizaciones anteriores, solo habían quedado en pie los cimientos de la casita con unas formas que más bien parecían montículos como los que hacen las hormigas y las termitas en sus madrigueras, bueno había sigo un buen entretenimiento para mi amigo, mi hermana y para mí.

Mi madre nos llamó a comer…aquí termina el primer capítulo de este libro llamado Memorias de mi niñez. 

jueves, 5 de mayo de 2016

Marco Polo.

A finales del siglo XIII, Venecia seguía siendo una de las mayores potencias comerciales y marítimas del mundo. Era habitual escuchar allí, a la sombra de las cúpulas de ópalo, junto a los suntuosos palacios y a la vista de las doradas góndolas, las historias más extraordinarias y peregrinas. Pero las que contaba maese Marco Polo, recién llegado de los confines del mundo, eclipsaban a todas. Aseguraba haber visto extraer de las entrañas de la tierra, en la China, unas piedras negras que ardían mejor que la leña. Los venecianos, al oírle, se burlaban; para ellos, el carbón de piedra era una cosa de lo más fantástica. También hablaba de otra piedra que podía hilarse como si fuera lana, pero que era incombustible; sus oyentes reventaban de risa: aún más difícil de concebir que el carbón era el amianto. Tampoco le creían cuando describía una fuente que había contemplado en algún país remoto de la que no manaba agua, sino negrísimo aceite: sus conciudadanos no podían siquiera sospechar la existencia de los campos petrolíferos de Bakú.
Sin embargo, no era posible que un hombre, aun dotado de una portentosa fantasía, imaginara todo aquello. Marco Polo había regresado de sus viajes trayendo consigo grandes riquezas, entre las cuales quizás la más valiosa era la experiencia acumulada a lo largo de veinticuatro años de ausencia. Mil peripecias y hechos inverosímiles para sus contemporáneos cruzaban por su mente. Tenía mucho que contar, pues no en balde era uno de los más grandes viajeros que la humanidad ha conocido.

Marco Polo
El Libro de las maravillas, que enriqueció en gran manera los conocimientos geográficos de los europeos, es la única fuente (excepto algún testamento y muchos pleitos) a la que se acude en busca de datos sobre la vida y milagros de Marco Polo y los suyos, ya que todo aquello que podría corroborar o desmentir lo que en él se cuenta no ha sido nunca hallado o, como su tumba, ha desaparecido. Por supuesto que un libro tan fantástico (y para algunos tan fantasioso), que ha padecido versiones, interpretaciones y traducciones sin cuento, ha provocado serias dudas, extensas discusiones y alguna descalificación. A pesar de ello, todos los estudiosos parecen estar de acuerdo en afirmar que los Polo, comerciantes de modesta fortuna, provenían de una familia dálmata de Sabenico que se instaló en Venecia en el siglo XI, y citan incluso al abuelo Andrea. No tardaron en integrarse en el dinámico mundo comercial veneciano, convirtiéndose en una familia de audaces mercaderes. El abuelo de Marco tuvo tres hijos: Andrea, Nicolás y Mateo. A ninguno de los tres les arredraban las fatigas ni las distancias si vislumbraban una sustanciosa transacción económica.
Mercaderes intrépidos
Andrea, el primogénito, se estableció en Constantinopla y estableció fructíferas relaciones con los hombres de las caravanas que venían de lejanos países situados más allá del mar Negro. Las noticias que hablaban de las conquistas de los mongoles en el Asia Occidental hicieron pronto mella en su agudo sentido comercial, de modo que llamó a sus hermanos, que permanecían en Venecia, y les animó a no desaprovechar aquella magnífica ocasión de hacer grandes negocios.
La historia del «viajero maravilloso» empezó allá por el año 1253, unos meses antes de su nacimiento y, como es de rigor, con un viaje. Su padre, Nicolás Polo, se despidió de su esposa encinta y, con su hermano Mateo partió rumbo a Constantinopla en una galera repleta de madera, hierro en lingotes y forjado, grano, tejidos de lana y carne salada. La aguja magnética (recientemente importada) y las estrellas guiaron felizmente su camino hasta la capital de los griegos. Al poco de llegar, la mujer de Nicolás dio a luz en Venecia, en 1254, a Marco.
Nada se sabe de los primeros años de vida de aquel niño que debió de corretear por las plazas y los puentes de Venecia. Huérfano de madre muy pronto, se cree que vivió al cuidado de su tía Flora. Parece ser que recibió instrucción, ya que sabía leer y escribir, pero sin duda su mejor escuela se la ofreció la Venecia por la que vagaba. Una Venecia que vibraba al compás de los negocios y que castigaba con más dureza los crímenes contra la propiedad que los que se perpetraban contra las personas.

Nicolás y Mateo Polo abandonan Constantinopla
Pasaron seis años. Mientras Marco crecía en Venecia, Nicolás y Mateo comerciaban en Constantinopla, hasta que un día de 1259, intranquilos por las amenazas que se cernían sobre la ciudad, decidieron abandonarla para instalarse en Crimea, en la ciudad de Soldaia, donde los negocios no resultaron tan prósperos como esperaban. Se internaron entonces en la región de las estepas y se establecieron en Bolgar.
Transcurridos dos años más, la nostalgia comenzó a aguijonearles y, en la primavera de 1262, se prepararon para regresar. Pero el destino tenía otros planes para ellos. Estalló una guerra entre reyes mongoles y el retorno se presentó complicado y lleno de peligros. Resolvieron entonces viajar rumbo al sol naciente y se instalaron en Bujara en espera de una ruta tranquila para regresar a Venecia. El viaje no fue fácil, pero los Polo eran una raza de pioneros infatigables; compraron aquí, vendieron allá, aprendieron extrañas lenguas y descubrieron nuevos mercados, recibiendo buen trato en todas partes y estableciendo provechosos acuerdos con los mongoles. Éstos, que tanto pavor causaban a la Cristiandad, resultaron ser unos hábiles administradores que vivían en paz con los pueblos sometidos. La muralla musulmana, que desde el siglo VII impedía todo contacto entre China y Occidente, no era ya más que una simple cortina. Los hermanos Polo habían sido los primeros en cruzarla con éxito.

Los Polo en Bujara
En la ciudad de Bujara, en el corazón de Asia y a casi cinco mil kilómetros de distancia de su país de origen, Mateo y Nicolás permanecieron durante tres años, entregados de lleno al comercio. Un día llegó hasta ellos una comisión enviada por el gran Kublai Khan, cuyo imperio se extendía desde el mar Ártico hasta el océano Índico, y desde las costas del Pacífico hasta las fronteras de Europa Central. La comisión les entregó la invitación para que le visitasen. Un año de viaje les costó llegar a presencia del rey.
El Khan no había visto nunca europeos occidentales y era un hombre extremadamente curioso. Nieto del mítico Gengis Khan, Kublai tenía 43 años cuando los Polo fueron conducidos a su presencia. Se trataba de un déspota inteligente y experimentado, excelente gobernante y buen general, que poseía además un espíritu ávido de conocimientos. Les hizo mil preguntas sobre las costumbres europeas, en especial sobre su religión y el papa de Roma, de quien había oído hablar en términos elogiosos.
Para éste último les dio además un sorprendente encargo. Kublai, demostrando que era sumamente abierto en materia religiosa, pedía al papa que le enviara cien hombres doctos en el credo cristiano, a fin de que tuviesen una controversia con los bonzos, los monjes budistas de su país, prometiendo convertirse él y su pueblo al cristianismo si demostraban que la suya era mejor religión. Y como prueba de su eclecticismo, pidió también a los mercaderes que le llevasen aceite de la lámpara del Santo Sepulcro.
Los dos comerciantes, convertidos en mensajeros por obra y gracia del gran Kublai, se pusieron en camino dispuestos a cumplir con la misión, y después de un viaje de tres años llegaron a Venecia en 1269. La mujer de Nicolás había muerto. Nicolás vio por primera vez a su hijo Marco, que ya tenía quince años y era un muchacho inteligente, despierto y de notable curiosidad.
Los viajeros pasaron dos años en Venecia disfrutando de un monótono cambio de vida; mientras esperaban la elección de un nuevo papa (Clemente IV había muerto aquel mismo año) para hacerle entrega de la carta, Nicolás se casó de nuevo. La preocupación de los Polo por la misión incumplida se acrecentaba y la elección del nuevo papa se demoraba, por lo que decidieron regresar a China.
Nicolás (dejando también esta vez a su actual esposa embarazada), Mateo y el joven Marco, de diecisiete años, embarcaron en dirección a Acre. Su primera inquietud era localizar a Teobaldo de Piacenza, legado papal, a quien Nicolás y Mateo ya conocían de su anterior viaje, y pedirle la autorización necesaria para viajar a Jerusalén. Con los papeles en regla, los tres Polo navegaron rumbo a Joppe y luego cubrieron una jornada de trece leguas hasta Jerusalén.
Ejecutado el primero de los encargos del Gran Khan, regresaron a Acre con el santo óleo y se aprestaron a buscar justificación para no cumplir con el segundo. Teobaldo les proveyó de cartas que acreditaban la demora que les ocasionó la muerte del papa y el retraso en la elección de su sucesor.
Los Polo, ahora ya tranquilos, reanudaron el viaje, aunque consiguieron avanzar bien poco. En Layas se encontraron con que una rebelión bloqueaba la ruta de las caravanas, y mientras esperaban pacientes que se despejase el camino recibieron un correo de Acre. Tebaldo, con el nombre de Gregorio X, era el nuevo papa. Los Polo regresaron a Acre en busca de los cien doctores cristianos, aunque les proporcionaron sólo dos frailes predicadores.

Nicolás y Mateo Polo ante el papa Gregorio X
A comienzos de 1271 decidieron partir de nuevo hacia la corte del Gran Khan. El hijo de Nicolás, Marco, suplicó a su padre que le permitiera unirse a la expedición. Hacía dos años que escuchaba día tras día los relatos de los viajeros, y creía ciegamente en sus historias. Les había acompañado en la visita al papa y, aunque sólo tenía diecisiete años, estaba imbuido del espíritu de la familia. Nicolás no pudo negarse. Sabía que Marco era capaz de cualquier cosa, que poseía una curiosidad insaciable, una memoria privilegiada y una capacidad para sobreponerse a las contrariedades posiblemente mayor que la suya.
De Venecia a China
Gracias a los antiguos salvoconductos del emperador, los tres viajeros pudieron avanzar sin tropiezos. Sin embargo, los dos frailes que les acompañaban decidieron volver atrás a la primera señal del peligro. Los Polo continuaron su camino, que duró más de tres años. Marco Polo, que hizo una crónica minuciosa y amplia de todo aquello que vio, dedicó sólo una breve página a la ruta precisa que siguieron desde Venecia a Xanadú, dejando la reconstrucción del itinerario exacto a los lectores. Sin embargo, parece que después de atravesar la Pequeña Armenia, de la que describió el comercio, la caza y las costumbres de sus gentes, «que aunque cristianas no son buenas porque no practican la religión como los romanos», llegaron a Anatolia, que Polo llamó Turcomania, tierra de tejedores de «las alfombras más hermosas del mundo», y de allí a la Gran Armenia, en donde vio «una fuente de la cual mana aceite que no puede ser utilizado como alimento, pero que es excelente combustible».

Salida del puerto de Venecia
Visitaron luego Mosul, en donde «se hacen las más bellas telas de oro y seda, llamadas mosulin», y se extasió en Tabriz ante el mayor mercado de perlas del globo. En Saba dijo haber admirado las tumbas de los tres Reyes Magos, y, en Kerman, las famosas turquesas, que llevan aparejada la desdicha amorosa de quien las posee, porque se cree que provienen de los esqueletos de las personas desgraciadas en amores.
Fueron atacados por bandidos e intentaron fatigosamente llegar a Ormuz, desde donde pretendían embarcarse rumbo a China, aunque una vez allí cambiaron los planes a la vista del riesgo que suponía la poca solidez de los barcos. Emprendieron entonces rumbo al nordeste y se internaron en el continente hasta Tunocain, después de cruzar regiones desérticas. Los días transcurrieron agotadores hasta llegar a Balkh, en el Afganistán septentrional. Decidieron tomarse un largo y merecido descanso en Balashan, en donde la caravana se detuvo un tiempo.
Comprando y vendiendo, aumentando en definitiva las ganancias (aunque sin hablar nunca de ello), cazando de vez en cuando y admirando siempre a las mujeres («las doncellas mahometanas de Tunocain, en mi opinión las más bellas del orbe», o las damas de Balashan, sitio en que «aquella que parece más gruesa de cintura para abajo es la considerada más hermosa»), viajó Marco Polo con sus parientes por la inmensa Asia. Habían recorrido ya gran parte del camino iniciado en la primavera de 1271, y en ningún momento había dejado Marco Polo de anotar en su memoria las industrias, los frutos, los animales (la oveja salvaje que se llamaría Ovis poli en su honor) y todo aquello que excitaba su curiosidad, que era mucho.
En la corte de Kublai Khan
En junio de 1275 llegaron por fin a Xanadú, residencia veraniega del monarca, que huía durante unos meses del calor de Cambaluc (Pekín), su capital. Kublai recordó perfectamente a sus amigos, leyó la carta del papa sin dar muestras de decepción por la ausencia de los cien sabios y puso el aceite del Santo Sepulcro junto a sus demás tesoros. Cuentan que Kublai preguntó inmediatamente quién era aquel avispado joven que acompañaba a los viajeros, a lo que Nicolás respondió: «Es mi hijo y vuestro servidor, y conmigo lo he traído con grandes peligros y esfuerzos de tan lejanas tierras, considerándolo la más preciosa prenda que poseo, para ofrecéroslo como esclavo».
Y así fue. Marco Polo sirvió a Kublai durante diecisiete años, encargado sobre todo de observar, apuntar e informar. Impresionado el rey, tanto por la agudeza e inteligencia del veneciano como por la desenvoltura con que trataba los asuntos políticos, le envió en primer lugar a la ciudad de Caragian (en la provincia de Yunan, a seis meses de viaje de la capital), donde cumplió su cometido con tanta brillantez y elaboró un informe tan minucioso que maravilló a propios y extraños.
Embajador durante un año en Campicion, varias estancias en Quinsay para controlar al receptor de impuestos, gobernador durante tres años en Yangzhou, además de una embajada en la India, fueron algunas de las misiones que siguieron y entre las que intercaló algún vagabundeo por cuenta propia. Para entonces, Marco ya dominaba varias lenguas y dialectos orientales y podía, por lo tanto, recorrer sin intérprete los diversos países que se integraban en el vasto imperio mongol. Los vívidos y brillantes relatos de sus experiencias y la facilidad con que recordaba miles de detalles encantaban al Khan, aburrido de la monotonía de los informes de sus funcionarios.
Mientras servía a su señor, se empapaba de la vida en China y no dejaba de observar el más mínimo detalle. Marco Polo vio y describió la maravillosa civilización de la China medieval. Los adelantos de este país en relación a la Europa de la época pueden comprobarse por las cosas que el infatigable viajero recordaría luego como admirables y nuevas para él: calles amplias, rondas de policía por la noche, carruajes públicos, puentes de altura suficiente para permitir el paso de los barcos, desagües bajo las calles o caminos bordeados a ambos lados por árboles fragantes y exquisitamente cuidados. Comparó la severa reglamentación de la prostitución en los dominios del Khan con la promiscuidad de la Venecia de su tiempo, se asombró del uso del papel moneda y describió algunos de los alimentos que consumían, como los helados y las pastas: «El trigo no goza de tanto auge entre ellos, pero lo cosechan y consumen en forma de macaroni u otras clases de pastas». Se asombró también «ante una clase de grandes piedras negras que se extraen de las montañas..., que dan fuego y llamas como si fueran leños y sirven para cocinar mejor que la madera».
Entretanto, su padre y su tío se enriquecían con el comercio. Discretos, eficientes y fieles, los tres venecianos jamás habían decepcionado a su señor, que sentía por ellos un verdadero aprecio. Se habían hecho ricos, pero se sentían cansados y tenían nostalgia de las suaves brisas del Adriático, del brillo de la cúpula de San Marcos, de la llamada de los gondoleros y del dulce acento de la lengua italiana. Ya era tiempo de regresar a la patria para gozar de su fortuna y establecer a Marco.

El viaje de Marco Polo
La dificultad estribaba en encontrar un pretexto para separarse de Kublai sin ofenderlo y, sobre todo, sin poner en peligro el precio de sus fatigas. El Gran Khan envejecía y la envidia por los favores que de él habían recibido crecía a su alrededor. Conocían China lo suficiente como para saber que la muerte de su señor sería la suya. Pero era más fácil entrar en la corte de Kublai que salir de ella. Nicolás fue el encargado de pedir un primer permiso, «porque en mi tierra tengo esposa y por ley de cristianos no puedo desampararla mientras viva». El rey encontró quizás el pretexto demasiado fútil y le respondió que, aunque podían andar por cualquier parte de sus dominios, por «nada del mundo podían abandonarlos». Siguieron otras peticiones y la respuesta sería siempre negativa, alegando que le resultaban necesarios.
Mientras tanto, los astutos mercaderes vendieron cuanto poseían, invirtieron el producto en piedras preciosas y confeccionaron tres vestidos forrados de guata, a la que cosieron las joyas. Finalmente se presentó una ocasión favorable. El gobernador mongol de Persia, Argón, que era primo de Kublai, había enviudado. La última voluntad de su esposa consistía en que la nueva consorte fuera escogida por el emperador entre los descendientes de Gengis Khan. Recibió este encargo Kublai y designó a una hermosa princesa de diecisiete años, Cocachin, dando inmediatamente la orden de que fuera llevada hasta la lejana Persia.
Los Polo se ofrecieron para cumplir esta misión. Marco acababa de regresar de la India y había traído valiosos informes. Era fácil, decía, llegar al golfo Pérsico costeando el continente para evitar los numerosos peligros que jalonaban las rutas terrestres. De mala gana, el Khan aceptó. Puso a disposición de los venecianos trece bajeles, tripulación y una escolta, les entregó una gran fortuna en oro y les confió a la doncella. Por fin, a mediados del año 1292, los Polo abandonaron Pekín.
El regreso
Los Polo, guardianes la princesa Cocachin, futura reina de Persia, embarcaron en uno de los enormes barcos fletados para la expedición e iniciaron el largo viaje de China a Persia, primero, y a Venecia, después. Marco Polo continuó con la inveterada costumbre de describir puntualmente los países por los que pasaban. El primero que cita es Sumatra, dividido en varios reinos, en donde se detuvieron cinco meses a causa del mal tiempo. Allí aprendieron a hacer vino de palma y se enteró de las propiedades de los cocos como bebida y alimento.
De Sumatra pasaron a las islas Andaman y de allí a Ceilán, en la costa India. En Malabar visitó las pesquerías de perlas y no olvidó reseñar que «quien bebe vino no puede ser testigo, ni aquel que navega por la mar. Porque ellos dicen que un bebedor de vino y aquel que navega por la mar son gentes desesperadas y no los aceptan como testigos, ni toman en cuenta su testimonio». Crédulo, Marco Polo repite algún que otro cuento fantástico, como cuando asevera que «los niños indios al nacer son de tez clara, pero sus padres los bañan semanalmente con aceite de sésamo y se vuelven tan negros como diablos».

El puerto de Ormuz en una ilustración
del Libro de las maravillas
Dos años y medio duró el viaje hasta llegar a Ormuz, que ya conocían. Argón había muerto y la princesa Cocachin se convirtió en un estorbo con el que no sabían qué hacer. Finalmente la casaron con el hijo de Argón y quedaron libres de su encargo. Llegaron al puerto de Venecia un día de invierno de 1295.
Habían pasado veinticinco años desde que abandonaran Venecia; Nicolás y Mateo eran ya viejos, Marco Polo tenía cuarenta y dos años y había pasado la mayor parte de su vida en tierras lejanas; era un extraño de acento extranjero que «tenía un indescriptible aire tártaro, al igual que tártaro era su acento, habiendo olvidado casi la lengua veneciana».
Cuando llamaron a la puerta de su casa, en el canal de San Juan Crisóstomo, alguien que no conocían fue a abrir. Durante su larga ausencia, sus parientes les habían creído muertos y sus bienes habían sido vendidos. Nadie reconoció a aquellos tres extraños peregrinos ataviados con ropas andrajosas y sucias. Las palabras de su dialecto véneto se les enredaban en la lengua, de modo que les suponían extranjeros. Para probar su identidad, los Polo dieron un banquete al que invitaron a numerosas personalidades. Durante la velada cambiaron sus vestidos varias veces y, por último, se pusieron los harapos que les cubrían al regresar, descosieron los forros y mostraron sus riquezas ante la estupefacta concurrencia. Tal abundancia de zafiros, diamantes, rubíes y perlas fue para aquellos cresos mercaderes una prueba más tangible que todos los relatos del mundo. Los viajeros respondieron de buen grado a cuantas preguntas les fueron hechas. Su historia, sin embargo, pareció tan fantástica a todos, que en adelante, para designar a un charlatán, se solía decir en Venecia: "¡Éste es un Polo!"
Aunque tachados de fantasiosos, los Polo eran extraordinariamente ricos. Tanto que, cuando se suscitó la guerra entre Génova y Venecia, Marco armó una galera a su costa y la mandó como capitán. Pero el Marco Polo guerrero no tuvo tanta fortuna como el explorador y comerciante. En 1298, en la batalla de Curzola, cayó prisionero y fue llevado a Génova, donde fue obligado a desfilar descalzo por las empedradas calles antes de ser encerrado en un calabozo del palacio del Capitano del Popolo.
El Libro de las maravillas
A esta desgracia, sin embargo, le debe Marco Polo parte de su celebridad. Porque fue durante su cautiverio cuando dictó el maravilloso libro de sus viajes. En efecto, un hombre de letras prisionero como él, Rustichello de Pisa, se sintió fascinado por sus narraciones y les dio forma durante las largas horas que ambos pasaron juntos en la cárcel genovesa. Rustichello, autor de varios romances franceses sobre el rey Arturo, aceptó con presteza la posibilidad de colaborar en la descripción del mundo. Marco Polo pidió a su padre que le enviase las notas que había tomado en el transcurso de sus viajes y dictó a su compañero todo lo que había vivido hasta aquel momento.
Así surgieron, en francés, en un francés quizá no muy correcto gramaticalmente y en el que abundan los términos italianos, una obra a la que se conoce con múltiples títulos: La descripción del mundo, El libro de Marco Polo, El libro de las maravillas, Los viajes de Marco Polo, apodado el Milione... El libro acababa en «el año de gracia de 1298», pero la vida de su héroe continuó.
Al año siguiente, Marco fue puesto en libertad y regresó a Venecia con el manuscrito, lo hizo copiar por unos amigos y lo mandó editar. La narración obtendría un éxito extraordinario, a pesar de que fue considerado como pura fantasía. Marco Polo tenía ya cuarenta y cinco años y se sumergió en los negocios. Poco a poco fue heredando de todos sus parientes, y cada vez fue más codicioso y amigo de pleitos. Contrajo matrimonio y aunque la fecha de su enlace con Donata, hija de Vitale Badoer, no consta en registro alguno (el primer informe documentado que sobre ella se conoce es un escrito legal del 17 de marzo de 1312, mediante el cual su tío liquidaba la dote en favor de Marco), nacieron tres hijas: Fantina, Bellela y Moreta.
Los años venideros se sucedieron monótonos y uniformes para aquel que había conocido las trifulcas de una corte fastuosa. Dedicado en cuerpo y alma al comercio, vendía lámparas de vidrio, traía a Venecia telas florentinas o importaba hojas de añil a gran escala. Cuentan que siempre citaba cifras astronómicas y se supone que de ahí le vino el sobrenombre de Milione: «A causa de repetir continuamente la historia que contaba con frecuencia sobre el esplendor del Gran Khan, de sus riquezas, que eran de diez a quince millones en oro, y del modo de hablar siempre de las otras muchas riquezas de aquellos países en términos de millones, le dieron el sobrenombre de messer Polo Milione». Se han dado, sin embargo, otras explicaciones sobre el apodo.
Vivió sus últimos años en paz y en el comercio hasta su muerte, en el atardecer del 8 de enero de 1324, muerte que, como él, pasó inadvertida para sus compatriotas. Tenía setenta años. Le enterraron, según sus deseos, al lado de su padre, en el pórtico de la iglesia de San Lorenzo, tumbas que, como casi todo aquello que forma parte de la vida o de la muerte de Marco Polo, han desaparecido.
Bien poco se sabe de su carácter o de su aspecto, y el «retrato de Marco Polo» que aparece en algún libro se debe sólo a la ilusión de su autor. Se supone que era fuerte y robusto, ya que soportó largos y fatigosos viajes, y, por el relato de su vida, nadie pone en duda que era un observador incuestionable, siempre atento. Lo describen también como inteligente, perseverante, paciente y enérgico. Impulsivo y algo terco en su juventud, lo templó el viaje en compañía de sus parientes mucho mayores que él, y pasó a ser, al final de su vida, amante del dinero y de los pleitos, puesto que no reparaba en lazos de familia cuando se le debía algo, por poco que fuera, lo cual pone de manifiesto que era implacable y rígido en sus relaciones comerciales. Fue un típico europeo de su tiempo, a quien ningún prodigio le parecía imposible, pero era, eso sí, tolerante con aquellos cuyas creencias eran distintas a las suyas.
Los extensos relatos sobre fiestas, vinos y comidas parecen indicar, además, que gozó de los placeres de la vida. Algunas notas dispersas de Libro de las maravillashacen suponer que «era bien formado y simpático de figura y rostro, sin llegar a ser buen mozo», y a través de alguna frase puede deducirse que «mujeres de distintas razas lo hallaron atractivo», pero es muy difícil separar la realidad de la fábula en la vida de un veneciano que tuvo fama de cuentista.
Sus contemporáneos no lo tomaron en absoluto en serio, e incluso sus amigos, preocupados por la mala reputación que le reportaba «contar historias tan exageradas», le aconsejaron que «corrigiera la obra y retirara lo que hubo de escribir fuera de la verdad». Dicen que Marco Polo replicó: «No he escrito ni la mitad de las cosas que me fue dado ver». Medio siglo después, otros viajeros confirmaron, punto por punto, lo relatado por Marco. Se requirió mucho más tiempo para que el halo de fábulas que rodeaba su libro se disipara. Y ciento cincuenta años después, su información de que un gran océano bañaba Asia por oriente sugirió a un marino la idea de que, navegando hacia occidente a través del Atlántico, era posible llegar hasta China. Se trataba de Cristóbal Colón, y hoy sabemos que, en los viajes que condujeron al descubrimiento de América, levaba consigo un volumen de la fabulosa historia de Marco Polo.